sábado, 26 de diciembre de 2009

CONDORES EN LA COSTA

 Juan José vega

"Danza de los Côndores" Martînez de Compañon siglo XVII

El cóndor, animal totémico, fue uno de los más importantes dioses en el Santuario de Pachacamac. Leemos, en las crónicas, el asombro que causó entre los primeros españoles que llegaron al Perú, como el que sintió el entonces muy joven Pedro Pizarro, de quien recogemos esta cita: "echaban grandes cantidades de anchovetas para que estos 'enormes buitres' las devorasen".
Todavía los españoles no los denominaban cóndores, vocablo quechua, los describían como "grandes buitres".
El cronista de las Guerras Civiles de los Conquistadores, Pedro Gutiérrez de Santa Clara, buen observador de muchas cosas del Perú, aludió también a esas aves colosales, las mayores del orbe, aunque llamándolas siempre buitres; sobre todo se extendió en las peleas de cóndores con los lobos marinos. He aquí su versión:
"Los buitres matan muchos de estos lobos cuando salen fuera del agua, es cosa maravillosa ver su disformidad y fiereza como hemos dicho, porque es muy feo y de mala catadura, tiene grandes fuerzas y los brazos muy gordos y cortos y con grandes uñas y la cola de pescado. Los buitres cuando quieren matar algún lobo se juntan muchos de ellos en el aire y viendo al lobo en seco o sobre aguada, arremeten con gran velocidad a él y le pican a porfía, cual a los ojos, cual a los lomos, cual a los brazos y a la cola, hasta que lo cansan.
De esta manera le dan tantos picotazos que los desangran y los matan y se los comen... Hay grandísima cantidad de estos buitres por toda la costa, y son muy grandes en demasía, que muchos dellos tienen de una punta de la ala y a la otra más de diez y ocho palmos de largo (más de cinco metros), y los cañones son tan gordos casi como el dedo meñique de la mano de un hombre".
El mismo cronista describe otro tipo de cóndores de aún mayor tamaño, que acostumbraban levantar en vuelo tortugas grandes y peces mayores, para soltarlos sobre las peñas "de que se hacen pedazos y los comen muy gentilmente". El enciclopedista Bernabé Cobo cuenta en su Historia del Nuevo Mundo que "El año de 1600, caminando yo por las salinas de Guaura, vi una ballena de desforme grandeza... y se la estaban comiendo cóndores y otras aves carniceras".
Según hemos podido constatar hasta el siglo XIX hubo muchos cóndores en la Costa Peruana; esto se comprueba con las notas dejadas por el investigador norteamericano George Squier en su libro (1865) "Un viaje por tierras incaicas"; en él cita y dibuja cóndores en Pachacamac. Hacia 19 el ensayista Luis Alayza y Paz Soldán, quien se aventuró a recorrer en automóvil la costa sur peruana, la describe en su obra "Mi País": "A nuestros pies, ahí, en el abismo cortado a pico, la playa brava, y en ella los cóndores asoleándose. Unos en rebaño, como hermosos pavos de corral. Otros, como monarcas del éter, describiendo cabalísticos giros sobre los abismos". Como vemos, el cóndor era un animal que también pertenecía a la fauna costeña. En el pasado, su radio de acción fue muy grande. Surcaba los cielos del Perú, del mar a la selva.

El cóndor en el folklore
Según el estudioso Hildebrando Castro Pozo, quien escribió, a comienzos del siglo XX, "los bailes más antiguos, que precisamente sintetizan o, mejor dicho, concretan un período de su desenvolvimiento cultural, son los mímicos y religiosos; de los cuales hasta hoy se conservan el del cóndor y el del pavo". Cuenta Castro Pozo que el bailarín "camina a saltos al son monótono de un pincullo y tinya que el mismo tañe, imitando el andar desgarbado de este animal, bostezando a veces o fingiendo picotear en el suelo y desplegando, en fin, las enormes mangas de su "uncu" a las caricias del Sol, tal como el cóndor extiende sus gigantescas alas".
"La música extraña y amelódica ha dejado de significar la sentimentalidad que le dio origen. Sólo algunos aficionados la saben". En la actualidad, este baile ha desaparecido, lamentablemente. Y nuestros cóndores también van extinguiéndose.

La peruanidad del chifa

Juan José Vega

Foto: Exposiciôn Inmigaciôn China en el Perù

Pocas cosas más peruanas que el chifa. Porque así es el Perú, de tantos rostros y de tantas sangres. No menos de doce mil chifas se hallan esparcidos en todas nuestras regiones con los precios más variados. Esta culinaria penetró además en infinidad de hogares y en la misma colectividad peruana, como lo revelan el chaufa y el saltado, platos mestizos. Por otra parte, el lujo y la sazón de varios chifas de nuestros distritos más elegantes y del renacido Capón, atraen hoy un aprecio internacional.
Pero ¿siempre fue así? ¿Cómo nacieron los chifas en el Perú? ¿Cuándo empezó la afición de los peruanos por la comida china? ¿Cómo era el barrio chino del siglo XIX?

Barcos y galpones
La historia empezó en los navíos que trajeron al Perú desde 1849 hasta 1876, más de cien mil inmigrantes chinos (culíes), principalmente de Macao y de Cantón, puertos donde siempre se tuvo que matricular cocineros –igualmente culíes- para las largas travesías del Océano Pacífico. Esos cocineros, que obraron milagros para mejorar las magras raciones dadas por los capitanes continuaron actuando en los galpones de las haciendas peruanas, donde todos –salvo excepciones- pasaron ocho, diez y más años de virtual esclavitud
comiendo el tazón diario de arroz en la mañana y en la tarde, apenas reforzado con diminutos trozos de otros alimentos, aunque podía ser mejorado el pocillo adquiriendo uno que otro complemento en el llamado “tambo”, que era el puesto de un chino ya libre o bajo dependencia del dueño de la hacienda. Allí se podía comprar desde kion hasta opio. Producto éste que los latifundistas de los cañaverales y el propio Estado Republicano propiciaban a fin de anestesiar los sufrimientos de aquellos desdichados, que empezaban
recién a peruanizarse.
Al acabar los contratos laborales, los ex-culíes, en gran parte tuberculizados, pasaron a las ciudades y abrumadoramente a Lima, donde se dedicaron a todos los oficios posibles; algunos, por su experiencia en los latifundios, optaron por seguir en la cocina, mediante la venta callejera de comida, menester discreto que no anduvo mal, dada la llegada masiva de chinos ex-culíes. Se dice que en Lima llegó a vivir (sobrevivir en verdad) un total de veinte mil chinos.
El primer “chifa” (quizás aun no había nacido la palabra) fue el del ambulante chino, de ollas en el suelo, o de canastón y tabla; ambulante que dibujó magistralmente el norteamericano Geo Carleton en 1866. Los ex-culíes, hacinados en callejones, tugurios, sucuchos y hasta huacas, deseaban siquiera algo de comida china, pero no tenían quien les preparara, pues casi todos carecían de familiares. Buscaron así a esos ambulantes, aunque les diesen arroz sancochado y langoy, a causa de precios bajísimos y porque daban crédito.
A esa clientela desmedrada, macilenta, expoliada por la oligarquía agraria, se sumarían poco a poco, venciendo recelos, los más pobres de los limeños. Los parias, los de los extramuros, los mendigos, parte del lumpen bajo. Ese ambulante chino resultaba el consuelo de los hambrientos; mientras tanto se difundía en esa escala mínima la cocina cantonesa.
Algo más trade, los más audaces se arriesgaron a abrir unos cuchitriles, con mesillas y banquitos de palo y de adobe, mientras otros clientes proseguían comiendo en el suelo; muchos con las manos.

La miseria
Al inicio, la inmundicia de la Lima pobre arrastraba inevitablemente a las pequeñas fondas (o restaurancillos) de los chinos; sumándose a la pobreza general la miseria del barrio chino en que se hacinaban miles de chinos famélicos en callejones pavorosos, como el de Otayza, y otros estratos de la población india, negra y canaca de la capital, en los alrededores del Mercado Central especialmente. Por ello no es de extrañar que el refinado diplomático francés Ch. Pradier Foderé escribiera hacia 1873 que esas fondas eran “estrechas, sin
ventilación, casi sin luz, contagia a la calle sus emanaciones féticas cada vez que sus puertas se entreabren y son hechos para gustar a los estómagos menos delicados” (Paris, 1897, p. 80). ¿Un francés sin interés por los exótico? No exageremos. Por esos mismos años, el sabio alemán Ernst Middendorf –que era médico- no fue más tolerante al recorrer las vecindades del gran mercado de Lima, calificando esos fondines como “repugnantes covachas” (I, 138), pero averiguaría que allí se servía “una comida más barata y de ninguna manera peor que las de las demás fondas”. Precisó, asimismo, que, acatando el “¡que dirán!” limeño, bastantes familias de vergonzante pobreza se hacían llevar comida a sus casas, desde esas fonditas chinas...
Las características más negativas de las llamadas “fondas chinas” fueron desapareciendo solo muy poco a poco. Hacia 1880, Perolari Malmignati escribía, describiendo las numerosas ocupaciones miserables de los chinos en Lima, que también tenían pequeños establecimientos y puestos “donde la gente más pobre come” (191). Alberto del Solar, un capitán chileno de las tropas de ocupación de Lima, paseando por el barrio chino en 1881, se referiría, despectivamente, a las “cocinerías que despiden su olor acre y penetrante”
(p. 257). Pero el francés Th. Child que llegó unos diez años después pudo ya apuntar en 1891 que “los chinos tienen el monopolio de los restaurantes para pobres, para obreros y para la gente del mercado y sobre todo en sus alrededores” (Child, 207, 208) y en los del Monasterio de la Concepción. Para entonces, los chinos ya se atrevían a poner sus carteles de tela, verticales con caracteres chinos en color negro y naranja, que sólo entenderían los sobrevivientes: menos de un tercio de los que llegaron al Perú. Aquellos modestos sitios aumentaron más su clientela preparando a la vez dos o tres de los misérrimos potajes
criollos, caucau por ejemplo. Todo con arroz.
Esos cuchitriles se fueron haciendo famosos por las espléndidas sazones propias de las especerías orientales. Muy pronto los locales empezaron a imitar a los de las modestas picanterías afrolimeñas y mestizas, subdividiendo el lugar, de por si pequeño y con piso de tierra, lo consiguieron mediante cortinas baratas, para dar privacidad. Pero el gran salto se dio en provincias.

El ascenso
Las condiciones negativas de las “fondas chinas” se diluían en provincias, donde los hacinamientos humanos no existían, ni los problemas que ellos acarrean. Los chinos eran en cien lugares los únicos que podían brindar alimentación con pulcritud, con potajes propios y desde luego también en lo que podríamos definir como una elementalísima cocina internacional; todo esto desde antes de la Guerra con Chile (1879-1883). El cita
Middendorf lo ratifica varias veces a los largo de las dos mil páginas de su “El Perú”. Pero las “fondas chinas” provincianas ya habían sido elogiadas antes por el precursor de la
arqueología peruana, el norteamericano George Squier. La de Trujillo –lo dijo en 1865- no tenía “nada que envidiar a los llamados hoteles” y atendían con servicio de mulas, hielo y aun vino; pertenecía a “una asociación de chinos” (Cap. VII). Pero en Lima y El Callao era distinto el panorama. De todos modos, Juan de Arona, por lo común tan exigente, escribe que “en esas fonditas de ínfimos precios se acostumbraba nuestra plebe a comer con manteles y a usar cubiertos y vasos” (p. 89); opinión expresada luego de la
Guerra del Pacífico (1888). Para entonces la culinaria china habíase refinado. No sólo con la presencia de diplomáticos del Celeste Imperio, quienes divulgaron las exquisiteces de aquel arte milenario en el seno de la burguesía limeña; más señalable fue la presencia de varios chinos enriquecidos y ya bastantes de las clases medias. Algunas firmas venidas de Cantón –“opulentos almacenes”, como se diría en 1881- habrían ampliado más sus actividades desde entonces, a expensas de chinos pobres y criollos ricos.
Entre tanto, gran número de los últimos inmigrantes culíes –los de la década de 1870- pasaba de frente a la culinaria de las clases altas y medias. Allí aumentaron la afición. En el otro polo, el Ejército usó bastante cocineros chinos, que en algo contribuirían a los mismo en las pailas de los cuarteles.
Eso sí, no sabemos cuando surgió la palabra chifa, que es un peruanismo, aunque naturalmente de origen chino (Chi es comer); pero fue por casi un siglo palabra jergal, quizás derivada de los mencionados ambulantes vendedores de míseros platos en las esquinas del barrio chino. Y para acabar estas líneas, un fraterno saludo para aquellos de nuestros compatriotas que son de total a parcial origen chino, que suman unos dos millones, los que desde hace tiempo, enhorabuena, forman parte del ancho cauce de la peruanidad; así lo aprendimos, además, en los más entretenidos ambientes del Capón de 1949.

Publicado en La República del domingo 17 de octubre de 1999, pp. 30-31 con el título de
La peruanidad del chifa.

Alpaca para todos

Juan José Vega



Guisar, claro, con los “los productos de la tierra” y en estilo andino, porque, todavía sin tesoros carecían de esclavas moriscas y negras, y desde luego de mujeres españolas. Obviamente, tampoco tenían productos europeos, salvo algunos chanchitos para los capitanes.
Lo interesante del caso es que el español se indianizó sin reparos en los fogones, compartiendo sin duda el amor fugaz con chichas variadas, papas y choclos, así como carnes diversas, algunas de montería, proceso de fusión cultural que se acentúo a lo largo de la conquista del Tahuantinsuyo, y por supuesto en época posterior. Los españoles llegaron a aficionarse tan en alto grado a los nuevos frutos y a las guisanderas que al poco tiempo fue naciendo una nueva cocina, la criolla, entre españoles, indias, moriscas y negras.
El tema está por escribirse. Abreviando precisaremos que las papas y los cuyes gustaron tanto que Alonso Enríquez de Guzmán los envío de obsequio al príncipe Felipe II. En cuanto a los auquénidos, apuntaba Cieza de León que “tira el sabor de ella a carne de monte, mas es buena” y la de un “guanaco gordo” le pareció la mejor que había probado “en su vida”. Esto no es nada: expresaría también aquel culto joven español que “la carne deste (las llamas) es muy buena si está gordo y los corderos (así llamaban a las crías) son mejores y de más sabor que los de España”. (Crónica del Perú, Cap. 112). Fray Martín de Murúa, notable cronista español, decía que la carne de los auquénidos, “cuando son corderos, asada y guisada es muy sabrosa”, pero también le parecía buena la de las piezas mayores, en charqui sobre todo, aunque siempre era mejor el de los cachorros.
El pueblo del Perú necesita la recuperación de una cierta identidad alimentaría. En las punas, con sistemas extensivos, algún día podrán lograse maravillas. Los Incas lo consiguieron al gozar de infinitos rebaños mayores que los de Europa. Y fueron los españoles cultos del siglo XVI quienes lo señalaron con asombro.

NAVIDAD ANDINA

Perú Inka Runapacha




Negrillos de Huanccaray, Andahuaylas diciembre 2008

País complejo el nuestro, por múltiples razones. Un casocercano: la celebración de la festividad navideña.
Comercializada al máximo en las zonas urbanas, fiesta decomerciantes y del dinero, donde poco importa el recuerdo de queen fecha más o menos próxima, hace 2009 años, nació en un humilde pesebre de Galilea un hombre que por amor a sus ideales habría de morir asesinado por los poderosos de entonces.

Pero no son días de agobiante propaganda comercial en el otro Perú, aquel de las comunidades serranas y selváticas, Perú Rural, sincero, más puro, donde la Pascua de Natividad es el día de la adoración al Niño Jesús o Manuelito, día tanto de contrición como de multicolor jolgorio porque honrado al hijo de María también se canta y se baila, en alegría compartida, bajo el cielo estrellado, en campo abierto, tal vez en medio del barro si es que acaso llegaron las lluvias.
Fiesta de la chicha, del cañazo y del alcohol; de los negritos, de las wailías, de los danzantes de tijeras, de las pandillas. Fiesta de varios días que en la lejana comunidad se prolonga a veces hasta la bajada de Reyes, el 6 de enero.
Fiesta en medio de la cual, con el advenimiento del Año Nuevo la comunidad india cambia o confirma a sus autoridades locales, a los varayoc, a los tenientes, a los gobernadores y jueces, porque en ellas la democracia, la auténtica y verdadera democracia, jamás ha dejado de funcionar, año tras año, desde tiempos inmemoriales, desde que el tambor-huacctana convocó la primera vez a la asamblea de la aldea para nombrar a quienes tendrían bajo su responsabilidad el orden local durante un año, o la conducción de la lucha contra los opresores o simplemente la jefatura de la dura lucha por la supervivencia.
En nuestros caseríos y aldeas andinas y amazónicas, pese a la dura realidad de hoy, de seguro no faltará un Manuelito, ni la humilde capilla, ni los cuetes de indios, ojalá tampoco la lluvia, el barro, la chicha y la alegría, alegría sincera en medio de penas, porque los comuneros, con una sinceridad que es difícil hallar en el área
urbana, honrarán reverencialmente el advenimiento del Mesías, al igual que el tiempo nuevo que incontestablemente esperan.

viernes, 11 de diciembre de 2009

EL ALTIPLANO COLLAVINO

Hernán Amat Olazábal

 Iglesia en La Raya  -  Foto: Héctor Guzmàn



Las Cordilleras Oriental y Occidental de los Andes Meridionales forman el Altiplano y enmarcan al majestuoso lago Titicaca alimentado por tres grandes ríos y más de cincuenta riachuelos. Los Andes fatigados por su grandeza y de su altivo hieratismo, descansan el orgullo de sus alturas, y se extiende en medio de los macizos ordilleranos esa inmensa y mágica llanura que se conoce con el nombre de la altiplanicie del Collao, como unidad geográfica, ecológica y cultural, que por lamentables intereses políticos en el siglo XIX se
dividió en dos segmentos artificiales, que son los que hoy separan al Perú y a Bolivia. El Altiplano no sólo constituye una unidad geográfica, ecológica y cultural, sino también configura una parcela espiritual del alma collavina, heredera de ricas tradiciones milenarias legadas por las formaciones sociales de Qaluyo, Pucará, Tiwanaku, Lupaca, Colla, Umasuyo, Pacajes, Carangas y Charcas. Allí se puede encontrar esculpido el escenario de una faz de poliedro psicológico del rosario de aldeas, pueblos y ciudades que emergen
diseminados en ese vasto territorio altoandino que parece alcanzar al cielo.

CONMOVEDORA GRANDEZA

La emoción estética de la altiplanicie encuentra su signo en la inquietud. El altiplano nos vislumbra una ansiedad de infinito, y su inabarcable horizonte es de una grandeza que sobrecoge, que estremece el corazón al conjuro de una sublimidad intensamente diáfana. A esta cúmulo de sensaciones indescriptibles, sucede la paz, que llega por las innumerables rutas del sosiego y la esperanza. El Altiplano sólo tiene su equivalencia emocional en las bellas melodías compuestas y dulcemente interpretadas por sus habitantes de todas las sangres. El Altiplano es la estatua del lago Titicaca en plena tempestad, donde se reflejan todos los colores y todos los matices, donde se escuchan todos los sonidos y todos los ruidos. Evocado como el Lago Sagrado de los Incas, el Titicaca es hijo de un antiguo mar, conserva el sello atávico a través del tiempo y del espacio; el mito nos habla que de una de sus islas emergió la pareja fundadora y civilizadora de Manco Cápac y Mama Ocllo. Por ello, ante la extensión henchida de la plenitud deslumbrante y diáfana del infinito que ofrece el altiplano, ante esa llanura dorada de ichu y pletórica de vida, el espíritu se siente poseído del vértigo de lo grandioso y de lo inconmensurable. Si somos bebedores de ese mágico licor del ensueño que se llama infinito, el altiplano del Collao nos embriagará y la naturaleza nos brindará la sensación dramática de su poder panteísta.

CIELO HERMOSO Y FASCINANTE

El Sol es el eterno decorador del bello paisaje andino, y en su fecundidad cósmica de constante deslumbramiento pictórico, la luz realiza los milagros de los tarpuntaes, que son sus representantes y oficiantes en la Tierra.
Los amaneceres de la altiplanicie collavina son un hechizo de la naturaleza. Se levanta suave y lento el terciopelo de la noche y desciende de la escalinata de las nubes hacia el horizonte diáfano el cortejo triunfal de la luz envuelta en centellas de topacio y zafiro. Ese violeta encendido de las auroras que tiñe el paisaje de una quietud cromática, y hasta una luminosidad enternecedora, pronto se diluye en la opalina transparencia de un nuevo día proyectando la fiesta dorada del punchao o la aurora, que es una sinfonía de la luz polarizada al rojo por los prismas que penden del candelabro de los siete brazos del sol. A la hora meridiana, el Sol, vertical e implacable, es un dardo de oro que se proyecta a través de la concavidad del cielo sobre la altiplanicie, y al esparcir su semilla de luz va dorando el paisaje, sus microambientes y sus habitantes, con la química ultravioleta de sus rayos. Esta orgía de luz en el altiplano, adquiere su serena plenitud en la coronación cenital del Sol. Una atmósfera de cristal, finamente traslúcida, y cuya pureza hecha de diafanidades, volatiliza un polvo de diamantes, sostiene el azul índigo de un cielo empavesado de irisaciones aceradas.
En los atardeceres altiplánicos, conjuga el Sol su verbo más espectacular y fastuoso. El horizonte incendiado de luz ensaya en sus llamaradas de fuego la danza alada de cuerpos evanescentes que confundidos en el terciopelo rojo-naranja de sus vestiduras esfuman en una atmósfera quimérica la visión de un suntuario encantamiento. La roja tragedia de la tarde dibuja el pleamar de senos terrestres que se elevan o descienden, y se visualizan en una sucesión de planos que con su perspectiva encuentran el fondo del horizonte preñado de celajes que encienden el cielo en mil pedazos. Las noches de la meseta del Titicaca fascinan por la hermosura del cielo, sobre todo en las jornadas invernales, en que la inmensidad del firmamento está ornamentada por la belleza de las estrellas que arden con la alegre vivacidad de sus reflejos y las misteriosas constelaciones que cristalizan en su geometría la milenaria química de la eternidad que los Incas y sus predecesores contemplaron absortos.
Nuestros antepasados vieron en ese cielo las imágenes de la llama, de la perdiz, del zorro. Warawara llamaron a la Vía Láctea y la imaginaron como un inmenso río en cuyas riberas habitaban los muertos, cuyas almas (ajayus) eran guiados por un perro hacia la eternidad. Warawara fue un nombre surgido de la admiración religiosa, en la que la constelación de la Llama protegía a los pastores y multiplicaba los hatos de camélidos, renovando la alegría de las gentes. La Luna (Pajsi), sinónimo de mes, era la diosa que regía el calendario agrícola y adquirió un maravilloso prestigio poético y romántico. Se hallaba fuertemente ligada a los destinos de la mujer. Los aimaras y los quechuas encontraron en el Cosmos el fiel reflejo de
la vida terrestre.

TIERRA DE CONTRASTES

La sabana de la meseta del Altiplano, como un inmenso estrato de ámbar, sepulta en su sorprendente espectáculo toda la gracia y también todo el esfuerzo imaginativo que otorga la sensación de su magnificencia
imponderable. Ascendiendo sobre la meseta, allá, arriba, donde pareciera confundirse la Tierra con el cielo, sin llegar aún a las alturas níveas de los Andes, a los 4000 metros sobre el nivel del mar, se extiende el yermo andino, donde sólo se percibe los queñuales y lampayas, el icho y la yareta; y donde la tierra, confundida con los roquedales, da la vida a las alpacas y vicuñas, a las vizcachas y aves adaptadas a esas gélidas alturas. Este yermo adusto y hostil, en su laboratorio interior, cobija también a la chinchilla, que abriga su cuerpo de roedor con la piel joyante que realza la belleza de mujeres hermosas de todas las latitudes. La cima colosal del altiplano domina la profundidad de las riberas del lago Titicaca, como un balcón ciclópeo construido en las edades prehistóricas para sostener la bóveda del cielo. La pupila enderezada desde la pendiente abismal de este balcón gigantesco, tropieza al frente con la visión de los picachos como el Ananea y el Palomani, que se precipitan del cielo en un torrente de nieve que luego se cristaliza en blanca eternidad. Trasmontando esos macizos, que son obeliscos enormes de luz y de color, se extiende a selva alta de Tambopata, la tierra de colores agrarios, de un arcaísmo precioso, brillante de verdor, matizado por la vegetación boscosa y que ofrece la primicia de los árboles frutales y de sus matas fértiles. Al otro lado, en el altiplano, contraste enorme, la tierra áspera, las casas pegadas al suelo, cuyos habitantes muestran las mejillas endurecidas y resquebrajadas por el frío, el viento y el sol quemante; en las quebradas trisca un rebaño de ovejas que disfruta de la paz andina alegrada por la cebada y el pasto. Desde las colinas de pendientes suaves que miran al lago Sagrado, se extiende hacia arriba una escalinata de matices y colores y la magia del verdor se resuelve en una gama fantástica y magnífica. El verdor nutrido de las esencias más vitales, se refleja en los ríos que alimentan al lago y se difumina convirtiéndose más arriba en un verde esmeralda, jaspeado de irisaciones claras y pronto a transformarse en verde broncíneo como el de las estatuas de Pucará y Tiwanaku. Por último, el verde agoniza en el terciopelo de la cebada y en la flor de la papa y el olluco, para confundirse en el pastel ocre que busca la tierra áspera de la meseta y entrar en el reino del gris imperturbable y desolado. Ése es el retrato pálido del altiplano, la tierra que se añora, la tierra que ha forjado hombres de acero
como Manco Inca, Vilca Apaza, Domingo Choquehuanca, Emilio Romero, José Antonio Encinas, Gamaniel Churata y tantos otros pradigmas de la peruanidad

FIESTA EN TINTA

José María Arguedas*




Tinta fue capital de Corregimiento durante la Colonia. Al Corregimiento de Tinta pertenecía Tungasuca. Tinta está en la quebrada, a la orilla del Vilcanota, entre maizales y campos de trigo. Tungasuca es pueblo de altura; está casi a 4,000 metros, junto a un lago pequeño rodeado de chacras de cebada; laguna de agua limpia. Túpac Amaru, el primer caudillo indio, el primer quechua culto que se rebeló contra el régimen colonial, fue cacique de Tungasuca. Pero residía en Tinta, cabeza del Corregimiento.
En Tinta escribió Clorinda Matto de Turner su novela "Aves sin nido", primer intento de novela peruana, la primera descripción que se hace de la vida miserable del indio peruano. El cura que escribió el "Ollantay" fue el cura de Tinta, el primero que lo escribió. La primera vez que se representó el "Ollantay" fue para Túpac Amaru, en Tinta.
Entre los indios que mandó fusilar Areche después de la sublevación de Túpac Amaru, estuvo Illatinta, campanero de la iglesia. Pero cuentan que la virgen bajó del cielo ante el pueblo reunido y las tropas del rey; levantó suavemente el cuerpo del campanero y se lo llevó por el aire, hasta la torre del pueblo; lo dejó allí, repicando alegre las campanas, a todo vuelo, avisando al pueblo su propia resurrección. Veinte años después murió Illatinta. Pero en la iglesia del pueblo queda un cuadro de la época, donde está descrito el milagro
minuciosamente y el pueblo entero, con todas las casas y sus calles.
Ahora Tinta es un pueblo silencioso; en sus calles angostas, calles de indios, crecen hierbas, caminan indios elegantes; casi todas sus casas están cerradas por candado de madera, de factura india. Cerca de dos siglos después de la rebelión de Túpac Amaru, Tinta, como todos los pueblos de estie valle del Vilcanota, es acaso más que entonces pueblo de indios
El 27 de agosto es la fiesta grande de Tinta. Desde la mañana salen los waynas, los hombres solteros, a pasear en las calles, tocando flauta. Se visten con gran elegancia y con ropa nueva. En pandilla de tres, hasta de veinte, caminando altivos, entran a la plaza por las cuatro esquinas. Todos tocan flauta, como anunciando que son libres; caminan más rápido en la plaza, y con más orgullo; cruzan entre las vendedoras de chicha, mirando alto; llegan a las tiendas de las esquinas, y entre ellos solos, los waynas se convidan cañazo. Salen a
ratos hasta la puerta de las tiendas, y miran la plaza, llena de pasñas, como dominadores y dueños. En sus ponchos nuevos, en fondo negro, gris o blanco, anchos pallays, con figuras de pájaros, de venados y de las flores más hermosas del campo, en verde, rojo y azul.
Las mujeres solteras, las pasñas, venden chicha en el centro de la plaza, bajo los árboles de eucalipto y capulí, que hacen sombra en la tierra. Su elegancia, la hermosura de sus vestidos, es mucho más india y más noble. Paradas junto a las mak'mas de chicha, envueltas en sus llikllas verdes, rojas o negras; con sus monillos de Castilla o de bayeta, bien ceñidos al cuerpo, y sus faldas largas de bayeta, hasta quince polleras una sobre otras; y anillos de plata en los dedos; tupus antiguos ó prendedores de plata, en forma de paloma o de pavo, sujetando la lliklla; con sus monteras redondas, negras, ribeteadas con cinta azul y algunasflores bordadas en la copa; descalzas. Acaso no hay en el Perú un vestido más hermoso. La disposición de los colores y de los adornos guarda siempre la armonía más perfecta, armonía también con el rostro y el cuerpo de las pasñas, con el pueblo, con el color; la hermosura y la luz del paisaje. Vistas de espaldas, el rebozo cae de la cabeza, de debajo de la montera, casi hasta el borde de la falda se extiende el cuerpo. Vistas de lejos, de pie junto a las grandes mak'mas de chicha, o bailando en la plaza, bajo los árboles de capulí, o en el
campo abierto, parecen la creación preferida de esta tierra, la imagen de lo que el Ande tiene de color, de alegría, de su propia, de su inconfundible e imponente belleza.
A pesar de su orgullo, de su altivez desdeñosa, los waynas llevan en los zapatos de fútbol y en los cinturones de cuero la fea marca del vestido híbrido y desaliñado del mestizo. La pasña, en cambio, es todavía Ande puro, quechua intocado, a pesar de las cintas, de la castílla y de los pavos de plata que luce en el pecho.
Mientras las pasñas y los waynas se miran desde lejos, los viejos, los runas, toman chicha en grandes vasos, sentados en los bancos de la plaza. Comentan la fiesta, miran alegres los grupos de waynas que tocan quenas desde las esquinas o cruzando la plaza. Se convidan, y reposadamente vacían las mak'mas de chicha.
Atardeciendo, mientras en un extremo de la plaza, en un coso levantado con árboles de eucalipto, indios vestidos de rojo y azul torean toros matreros, en todo el campo libre bailan. Bandas de flauteros rodeados de pasñas y waynas que bailan frenéticos, dan vueltas, bailando, de esquina a esquina; se detienen un instante junto a los altares de las esquinas, y siguen; a ratos gritan, con su voz más delgada; y la quebrada, por donde resbala tranquilo el Vilcanota, repite varias veces los gritos. Los indios que están trepados en las barreras van
entrando al baile, dejan el coso vacío; termina la corrida; y nadie mira, porque todos bailan.
El sol de anochecer apenas alumbra. Ni un misti, ni un hombre vestido de casimir se ve en la plaza; los pocos que han ido a ver la corrida y los vecinos de Tinta miran desde los balconcitos de sus casas. No cuentan. En la plaza hay como cincuenta flauteros tocando. Las pasñas, con sus largas rebozas verdes, negras, rojas y azules, dan vueltas, bailando ligero, en el campo libre; los waynas las siguen, pero se ven pesados y torpes junto a las pasñas que danzan airosas, haciendo girar sus polleras y el rebozo, al compás del wayno, en vueltas rápidas, pero siémpre con un ritmo ardiente, con una armonía de wayno que nunca se equivoca.
La música baja hasta el río, con el viento sube por la quebrada, llega hasta los caseríos próximos.
Cuando anochece, en la oscuridad del crepúsculo, el baile es más loco. La plaza está llena de indios que bailan y cantan, como desesperados. Ya ni se detienen junto a los altares; la plaza parece chica, no queda campo libre; los árboles se mueven cuando los bailarines pasan bajo su sombra.
En la oscuridad siguen bailando. Salen a las calles, en "pandillas"; se reparten por todo el pueblo. Prende la fiesta en toda Tinta. Las pandillas se cruzan y se encuentran en las esquinas. Como hace cuatro siglos, cinco siglos, el wayno es la fuerza, es la voz, es la sangre eterna de todas las fiestas del Perú del Ande.
Bajo el puente de cal y canto de Tinta pasan las aguas del Vilcanota, silenciosas y transparentes.


* Publicado en “La Prensa”, Buenos Aires, 20 de octubre de 1940.

miércoles, 9 de diciembre de 2009

LA CERÁMICA POPULAR INDIA EN EL PERU

José María Arguedas


Torito de Pucarà

El toro, aparte de todos los grandes beneficios que trajo al indio -con él podía arar un solo hombre y en un sólo día todas las tierras que antes necesitaba de veinte chakitaklIas, aparte de todos estos beneficios, el toro impresionó al indio con su figura y su voz. Era la imagen del poder, como la encarnación de los "apus", de
las montañas azules imponentes y oscuras, que levantaban su cumbre hasta las nubes, hasta el espacio tenebroso donde vive el trueno. El toro y el caballo se convirtieron en personajes semisagrados; los más queridos, los más útiles, que llegaron de fuera, como en una aparición milagrosa, acompañando a los nuevos werak'ochas  crueles e insensibles


CARNAVAL DE NAMORA

José María Arguedas


Laguna de San Nicolàs y Cerro Qoyllor  en Namora
Foto : Miguedu-OR

En las alturas del valle y en las lomadas que separan pequeños valles adyacentes al verdadero de Cajamarca, en un campo sin árboles, crecen los trigales, muy verdes y pequeños todavía en estos meses de lluvias; el viento levanta ondas sobre los trigales; y a pesar del cielo nubladó y húmedo, aquí, en la lomada, los trigales y los arbustos, la tierra roja, amarilla y cobre del camino y del campo erizado, se ven como iluminados por una
claridad límpida y profunda, claridad que parece infundir su serenidad y su ternura hasta lo más íntimo del espíritu que se siente como parte de este cielo y de este aire, de esta luz que no necesita del sol para alumbrar, iluminando lo más hermoso del paisaje.

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LA CANCIÓN POPULAR MESTIZA E INDIA EN EL PERÚ. SU VALOR DOCUMENTAL Y POETICO. EL WAYNO, EL YARAVÍ Y LA MULIZA.

José María Arguedas


Pancho Gómez Negrón
El wayno anónimo en cuyos versos está el corazón del pueblo, desnudo y visible, el wayno del norte y del sur, del oeste y del oriente, de la quebrada y de la puna alta; del indio de la puna grande, solitario, aislado y dominado por la fuerza y la imagen que en su interior guarda de los "apus" (montañas); del indio de quebrada, negociante, enamorado  y frecuente visita de las ciudades comerciales, pasajero bullón y hablador de los camiones de carga y de la tercera de los trenes de la Peruvian; el wayno anónimo, voz de los indios mineros de la  Cerro de Pásco Cooper, de las fundiciones de Oroya y Casapalca, y el wayno de ahora, con la firma de Kilko Waraka, de Gabriel Aragón, de Pancho Gómez Negrón, de Edmundo Delgado Vivanco y Alfredo Macedo, en que el mestizo empieza a ser poeta visible y famoso en su provincia; waynos en los que el alma del mestizo, guía del pueblo andino del Perú, está tan elara y tan visible como el alma popular de todos los tiempos del Perú en el wayno anónimo.

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EL MELAO DE CAÑA DE CAJAMARCA

Milagros Martínez Muñoz



Por las alturas de la provincia de Cajamarca, en el distrito de Magdalena, en el sitio denominado Huatasique, el poblador campesino fabrica el riquísimo melao de caña y la dulcísima chancaca.
El melao es preparado por toda una familia; intervienen hijos, nietos, abuelos, padres, madres etc.; anteladamente se pacta un compromiso de trabajo mancomunado que dura un año, por parte de toda la unidad familiar.
El trabajo se realiza utilizando muy rústicos instrumentos. Empieza con la propia siembra de la caña, cuyo crecimiento se vigila todo el año, para luego cortarla y seleccionar los mejores ejemplares, que se emplean en la elaboración del melao.
Los instrumentos que se emplean para obtener el melao son hechos a mano y han sido utilizadas de generación en generación desde hace bastante tiempo. Entre ellos, tenemos:
· La hoz, que sirve para cortar la caña.
· El trapiche, donde se exprime el jugo de la caña, y que tiene forma de dos rodillos grandes.
· Una canaleta por donde pasa el jugo de la caña.
· Una paila, en donde se deposita dicho jugo, con una capacidad para albergar unas treinta latas; y
· Un cucharón grande de madera.
El melao es el producto del jugo de la caña fresca mezclado con un poco de cal, cuyas cantidades son aproximadas según el gusto del maestro que lo prepara.
Cortadas las cañas, que previamente han sido deshojadas y limpiadas, se procede a introducirlas de par en par al trapiche, obteniendo un jugo dulcísimo que corre por una canaleta que está conectada con la paila que recibe todo el líquido.
Obtenida la cantidad de jugo deseado, se procede a hervirlo en la paila, con un fuego muy fuerte de aproximadamente 100%; a medida que hierve, el maestro de la caña va moviendo el compuesto, al que se ha adicionado la cal.
La cocción dura aproximadamente de 3 a 4 horas, con movimientos continuos y probando de tiempo en tiempo el punto que va adquiriendo.
A determinada hora se alza el cucharón y se comprueba si ya es melao.
Ello logrado, los campesinos dejan enfriar el melao, que ya no va a endurecerse sino que va a adquirir un estado liquido determinado.
El punto exacto del melao debe ser sin ser ni tan suelto ni tan compacto.
El melao de caña se guarda en peroles u ollas, para consumo interno; se come entreverado con harina, como una especie de machsca que en la región se llama zango; también acompañando al pan y al quesillo; muy apetecido por los niños campesinos. Y una parte del melao es envasada en latas para su comercialización. .

TARWI Y KIWICHA EN LA COMIDA PERUANA

Milagros Martínez Muñoz


 Tarwi
El tarwi, chocho o altramuz (Lupinus tricolor) fue consumido por la población andina desde
los tiempos prehispánicos, fundamentalmente como alimento pero también como abono
para los terrenos agrícolas. El colonialismo hizo que casi pasara al olvido, pero siguió
consumiéndose en el área rural, principalmente en la elaboración de salsas con ají y en la
preparación de una leche vegetal

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LA SOLEDAD DEL POETA EN EL EXILIO

Anna Michaela GF

"Inmigration blues" por Faber




Mamá –escribió entonces-
Con papá soñaste hace ya más
De veinte años
En tener un hombrecito,
Un Hombre.
Y combinaron sueños
Él trabajando de cartero
Tú cocinando en la casa
Y los dos
Combinando sueños
Quisieron un Hombre.
Hoy han pasado más de veinte años
Y papá –todavía en el correo-
Y tú -todavía cocinando-
Combinando sueños se dicen
Él no es Hombre, no le gusta
Estudiar, trabajar…
Y eso no es verdad, o mejor
No así.
Querida mamá –él continuó-
Yo no quiero estudiar donde no enseñan
Yo no quiero trabajar donde me explotan
Para qué?
Yo quiero estudiar, trabajar y construir la Patria Nueva.
Mamá –él quiso continuar- cuando la gente indiferente
Ignoraba su cuerpo dormido
Una fría mañana de invierno en un parque de Bruselas…


Entre Bruselas y Estrasburgo, 14 – 25 diciembre de 1982


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martes, 8 de diciembre de 2009

"Poeta Mario Florián: Vivir como maestro en el Perú es un peligro, morir como maestro en el Perú es un honor" (Ricardo Dolorier)


Poéma del Amauta Mario Floriàn

      PASTORALA
Pastorala.
Más hermosa que la luz de la nieve,
más que la luz del agua enamorada,
más que la luz danzando en los arco iris...
Pastorala.
Pastorala.
¿Qué labio de kukuli es más dulce,
qué lágrima de quena más mielada
que tu canto que cae como lluvia
pequeña, pequeñita, sobre flores?
Pastorala.
Pastorala.
¿Qué acento de trilla-taki tan sentido,
qué gozo de wifala tan directo
que muden en cenizas las entrañas,
como quema a mi pecho tu recuerdo?
Pastorala.
Pastorala.
Al gavilán le dije que te quiera,
y a zorro y a puma que amen tus ovejas.
Y puma y gavilán y zorro, desde
entonces, son palomas que te cercan.
Pastorala.
Pastorala.
Por mirar los jardines de tu manta,
por sostener el hilo de tu ovillo,
por oler las manzanas de tu cara,
por derretir tu olvido: ¡mis suspiros!
Pastorala.
Pastorala.
Por amansar tus ojos, tu sonrisa,
perdido entre la luz de tu manada,
está mi corazón en forma de alqo,
cuidándote, lamiéndote, llorándote...
Pastorala.
Pastorala.


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LOS NINGUNEOS OFICIALES AL FOLKLORE

Juan José Vega





El Día Internacional del Folklore transcurrió en el Perú en medio de la absoluta indiferencia del Estado. En lo que toca a los medios de comunicación (televisión, radios, prensa), ningún estímulo, ningún proyecto, pese a la decisiva trascendencia que hoy poseen. Apenas un programa, entre los doscientos y pico de esa jornada, recordó la fecha conmemorativa. El del Canal 7, que no es precisamente el más visto, por la hora temprana; y a pesar de los méritos de los organizadores.
El Estado, o el gobierno para el caso, viola así la propia Constitución que dictó. No protege la cultura y ni siquiera la de mayor arraigo. Casi nada hubo en los demás canales; poquísimos programas en las miles de emisoras nacionales.
Determinadas notas en alguna prensa, como La República. Por todo esto, el Ministerio de Educación merece, otra vez, cero en conducta. Los programas difundidos que nos constan han sido el de la Universidad y el Municipio de Trujillo con un Festival Internacional, el de Lamas (San Martín), por mera coincidencia de fechas, y el Brisas del Titicaca, en Lima. En el ámbito interno, sin resonancia, lamentablemente, numerosos colegios evocaron la jornada mundial, gracias a maestros más conscientes que otros; pocos conocían además una conmemoración cada vez más segregada de los "mass media".
Un Estado no puede permanecer inerte ante el asesinato de la cultura del pueblo al cual, teóricamente, representa. Pero ésta es la realidad hoy por hoy. Sin embargo, a despecho de quienes quieren establecer una sociedad dominante única, los pueblos del mundo siguen resistiendo en defensa de sus propias culturas y de los valores permanentes de la humanidad. Fue así como se fijó el 22 de agosto de cada año como Día Internacional del Folklore, el cual reviste una especial trascendencia en el Perú. Especial dimensión porque la destrucción de las culturas populares ha sido acá práctica usual a partir de 1532, a pesar de españoles y criollos cultos. Pero esta destrucción se registra mucho más marcadamente con el perfeccionamiento de los medios de comunicación (la televisión en especial) y  el desentendimiento del Estado por la cultura en general. Nos hemos quedado así con una sociedad que solamente exalta los valores materiales. No tienen sitio el Arte, la Política, la Religión. Menos la Etica. Ni el Patriotismo se salva. Ahora bien, el folklore es esencialmente el arte. También, claro está, es el conjunto de la cultura tradicional.
Es por esta causa que siempre hemos defendido su enseñanza en los colegios. A una niñez y a una juventud que a diario se las atosiga, horas tras horas, con basura pornográfica y con vulgaridades de toda laya con la bendición oficial.
Ante esta realidad aquel folklore en los colegios constituye hoy por hoy la única vía artística para elevar las nuevas generaciones a un nivel humano. Las demás ventajas del folklore se conocen, en especial su contribución para consolidar las identidades regionales de nuestra múltiple peruanidad.
Precisamente, un aspecto esencial es que en el Perú coexisten folklores.
Principalmente contamos con el quechua, el mestizo, el aymara, el criollo, al afroperuano y el de las etnías selváticas; todos esos campos, además, subdivididos en incontables ramas. Y todas ellas deben ser respetadas. Todas son peruanas. Es nuestra herencia imperial.
Por otra parte, puntos relativamente nuevos en torno al folklore son los que se refieren al anonimato de las obras, antes imprescindible porque el autor era el pueblo mismo; hoy ya no solamente es así. Igualmente se desarrolla en la actualidad un neofolklore creativo (el folklore no es un Museo), pero también otro, huachafo, que multiplica sin son ni ton los colorinches y los adornos estrafalarios, así como pasos y tonadas nuevos que deforman las antiguas creaciones de nuestro heterogéneo pueblo.
También habría que dar pautas de respeto y difusión al folklore popular, expresión que no es redundante ahora. Ese folklore que vive esencialmente en el campo hay que darlo como un constante modelo al folklore de espectáculo y hasta de vitrina. Otro punto es el referido a un neofolklore, también de espectáculo, que ha nacido en varios lados de la selva urbana en pos de una identidad regional; lo han inventado, pero ya está allí, aunque el pueblo no lo baile. Lo que se canta y danza en las cercanas etnías selváticas es tan distinto
que difícilmente podría ser asimilado. Si es que dura, ante la agresión del Estado occidentaloide que nos rige.
Probablemente varias de estas situaciones, junto con otras, serán analizadas en el XVI Congreso Internacional de Folklore, que bajo la advocación de "Efraín Morote Best", renombrado antropólogo y folklorista, se inicia mañana 29 en Cerro de Pasco, por convocatoria de la Universidad local, el apoyo de múltiples instituciones y la asistencia de numerosas delegaciones de todo el país, preferentemente de la región central, y algunos representantes del extranjero.

Publicado en : La República, 29 de agosto de 1999.
http://miguel.guzman.free.fr/Runapacha/cuadernos.htm

lunes, 7 de diciembre de 2009

IDILIO MUERTO


"La Santusa",  obra de José Sabogal


IDILIO MUERTO

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio y que dormita
la sangre, como flojo cognac dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse en la puerta mirando algún celaje,
Y al fin dirá temblando: “Qué frío hay…Jesús!”
Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.


César Vallejo, 1918

César Vallejo y los hombres de la Tierra

Alberto Bueno Mendoza



El Vallejo poeta elabora la percepción juvenil de estas realidades y las incorpora como temática fundamental literaria, antropológica y filosófica, para pensar, analizar y expresarse en poesía y en prosa sobre la sociedad, el hombre, sus, relaciones e interacciones y la existencia, historia y artes expresivos de universos, sígnicos libres. Su trabajo de maestro y estudiante universitario le permitió conocer directamente la realidad repetitiva, estancada e imitativa de todo el sistema semi-feudal de la educación nacional, la que está organizada hasta el presente por el Estado, para limitar, estancar y subdesarrollar a los peruanos.

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