miércoles, 16 de marzo de 2011

Arguedas y la magia de la danza de las tijeras



Escribe: Alfredo Herrera Flores |

Artículo publicado en el diario Los Andes de Puno,Perú, el 28 de noviembre de 2010


Todo el Perú ha destacado, y aún está celebrando, que la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y La Cultura (UNESCO) haya declarado a la "danza de las tijeras" y la "huaconada de Mito" como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. En su oportunidad todos los medios de comunicación, en mayor o menor medida, han hablado ya de las características de estas manifestaciones del folclor ancestral peruano y la importancia de estar en la privilegiada lista de la Unesco. Aún ahora, a casi un mes de haberse recibido la noticia, algunos espacios difunden con mayor vehemencia, haciendo entrevistas a danzantes, especialistas e investigadores, sobre las particularidades de las danzas.

Existe también una buena cantidad de bibliografía respecto a estas danzas, a su posible origen, las transformaciones y la simbiosis cultural que han sufrido a lo largo de los años, los mitos y leyendas que se han creado a su alrededor en los lugares donde se practican, al significado de las vestimentas de los danzantes, la influencia que ejercen en el comportamiento social de las comunidades. Autores nacionales y extranjeros han dedicado años para su investigación y varios libros para su interpretación y debate, los que hay que repasar una y otra vez para fortalecer nuestro bagaje cultural y reafirmar nuestra identidad, casi deshilachada por la influencia occidental, pero preservada, felizmente, tercamente por nuestra milenaria memoria.

Recordemos que durante la quinta reunión del Comité Intergubernamental para la Salvaguardia del Patrimonio Inmaterial, que se celebró en Nairobi bajo la presidencia del keniano Jacob Ole Miarom hace un mes, se hizo una lista de 47 “elementos”, o manifestaciones culturales, que se incorporaban a la lista representativa del Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, la que ha alcanzado a 213 “elementos”.
Asimismo, se ha elaborado un lista de cuatro manifestaciones que requieren de medidas urgentes de salvaguardia, entre las que se ha considerado a la imprenta china de caracteres amovibles de madera, antigua técnica de impresión de textos, precursora de a imprenta de Gutemberg y uno de los aportes culturales más importantes de la milenaria cultura china a la humanidad.

Entre las manifestaciones culturales consideradas ahora como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad, se encuentran algunas danzas conocidas por nosotros, como El Flamenco, de España, o la danza Chau, de la India. La lista contiene una serie de manifestaciones culturales que, seguramente, nunca hemos escuchado y que se practican ancestralmente en países tan lejanos como Irán, Turquía, Mongolia, Indonesia o Armenia. En América Latina, solo tres países han logrado ser incluidos en la lista, Colombia con las músicas de marimba y cantos tradicionales del Pacífico Sur de ese país y el sistema normativo de los wayuus, aplicado por el pütchipü’üi (“palabrero”), México, con los parachicos en la fiesta tradicional de enero de Chiapa de Corzo, la pirekua que es un canto tradicional y la cocina tradicional mexicana, conocida como el paradigma de Michoacán, y por su puesto Perú con las ya mencionadas Huaconada de Mito y la danza de las tijeras.

La huaconada, danza que representa a los ancianos sabios y, por lo tanto, merecedores de respeto por parte de los miembros de la comunidad, es una forma ritual de asumir el poder y la autoridad en el pueblo, lo que efectivamente hacen al inicio del año durante tres días, lapso en el cual los danzantes, enmascarados y armados de un látigo, van castigando a latigazos a quienes se haya portado mal durante el año que termina. Una danza extraña, llena de color, tradición, sabiduría y cultura viva que, junto a muchas otras que suelen conocerse sólo en el ámbito de ciertas comunidades, nos hacen sentir especiales.

Como se ve, motivo suficiente para sentirnos orgullosos de nuestro patrimonio cultural. Pero tal vez quien más lo hubiera celebrado, aunque en silencio y con la humildad que lo caracterizó a lo largo de su vida, habría sido nuestro José María Arguedas. El autor de "La agonía del Rasu Ñity", precisamente personaje danzante de las tijeras, dedicó media vida a investigar la historia de esta danza, que se pierde en el tiempo, y su significado ritual y religioso, que se pierde a su vez entre mitos y leyendas. Él mismo la bautizó como "danza de las tijeras", por esas láminas de metal que hacen chocar los danzantes, vestidos con blusón, pectoral y mitra bordados con pedrerías, mientras el agudo sonido combinado del violín andino y el arpa marcan su paso acrobático y elástico.

Tal vez Arguedas, nuestro más importante escritor del siglo veinte, haya querido que muchas otras danzas sean reconocidas no solo por los organismos culturales internacionales, sino por los propios peruanos, tan llenos de prejuicios y actitudes racistas, tan sensibles a darnos zancadillas entre nosotros, tan susceptibles al triunfo de nuestro vecino.

Precisamente el éxito de esta empresa cultural se debe a que se han eliminado en el proceso los intereses personales o de grupos particulares. Se han unido varias asociaciones de danzantes de tijeras y músicos de Ayacucho, Apurímac y Huancavelica, tres de las regiones más pobres del país, con un fin común y han promovido esta nominación; después, los organismos gubernamentales y los estudiosos han hecho su parte.

La noticia de la Unesco se produce cerca a recordarse los cuarenta años de la muerte del escritor andahuaylino. Arguedas murió el 2 de diciembre de 1969, cinco días después de que se disparara un tiro en la cabeza en uno de los baños de la Universidad Agraria de La Molina, donde ejercía la jefatura del departamento de Sociología.

Un año antes había recibido el premio “Inca Garcilaso de la Vega” por su contribución a la artes y las letras del Perú a través de sus novelas, cuentos, investigaciones y, sobre todo, a través de su profunda mirada a la cultura viva del país, la que se manifestaba precisamente con esas danzas, canciones y ritos que se mantenían vivos en los rincones más alejados.

Durante su entierro, tal como él mismo lo había pedido tanto en sus escritos como en sus confesiones a sus más íntimos amigos, dos danzantes de tijera, los hermanos Gerardo y Zacarías Chiara, hicieron tintinear sus tijeras y danzaron, al ritmo del mágico y triste violín de don Máximo Damián, y el arpa de don Luciano Chiara, como separando con sus mágicos sonidos el delgado velo que separa la vida de la muerte y abriendo el camino para que el maestro continuara el transcurso de su existencia allá, en la inmortalidad.

Arguedas debe estar escuchando, tranquilo y satisfecho, junto a sus demonios personales, el sonido metálico y acompasado de las tijeras, y debe estar disfrutando con los Apus y los dioses esta música ritual y mágica, porque las manifestaciones culturales en nuestro país, en nuestros andes, desde el Titikaka hasta Cajamarca, es un diálogo directo y fraterno con los dioses.

Arguedas o todas las formas de ver el Perú



Escribe: Alfredo Herrera Flores |

Artículo aparecido en el diario Los Andes de Puno, Perú el 30 ene 2011

En el, ahora, amplio panorama literario y rica cultura peruanos, la presencia de José María Arguedas se ha hecho imprescindible, más aún si se quiere interpretar cualquiera de los espacios en los que el propio ciudadano o poblador peruano es protagonista, más allá del disfrute estético de sus obras literarias. A cien años de su nacimiento y a cuarenta y dos de su trágica muerte, esa presencia ha servido también para observarnos como ciudadanos de un país por demás extraordinario en historia, tradición, sabiduría y todo lo que se puede encerrar bajo el general y amplio concepto de cultura.

Basta repasar la historia literaria de los últimos quinientos años, iniciada por Garcilaso de la Vega y Guamán Poma de Ayala, que sumada a los más de dos mil años de tradición literaria oral (cantos, ritos y leyendas) e iconográfica (textiles, ceramios y tallados) de todas las culturas que se desarrollaron en este territorio que luego se llamó Perú, para entender que la mirada de José María Arguedas es una especie de aguijón imposible de no sentir.

Si bien el escritor andahuaylino es considerado, principalmente, como autor de novelas y poemas, un artista de la palabra, y los críticos y académicos lo han encasillado en la corriente del indigenismo o indianismo, hay otras dimensiones del conocimiento social en el que ha hecho importantísimos aportes, con los que cada vez entendemos mejor nuestra compleja cultura.

La antropología peruana, por ejemplo, le debe mucho a José María Arguedas por los trabajos etnológicos y etnográficos que hizo sobre mitología prehispánica, música popular, folklore, el idioma quechua, la educación popular, historia y costumbres de pueblos andinos, hasta entonces ignorados por la visión “costeña” o centralista del que el Perú aún no puede despercudirse. Resultado de esas investigaciones están la revaloración de expresiones artísticas y rituales como “la danza de las tijeras” o la fiesta patronal en honor a la Virgen de la Candelaria, de Puno.

Al mismo tiempo, el país le debe a Arguedas, una de las miradas, enfoques, puntos de vista más interesantes y sinceras que se tiene de la realidad peruana, no solamente de la etapa que a él le tocó vivir, sino de toda la historia de un país que ha crecido desgarrado por miradas y percepciones divergentes, por la permanente y violenta pugna de culturas y por un proceso de mestizaje muy complejo y de sincretismo cultural único (entendiendo sincretismo cultural como reinterpretación). Pero, tal vez, sea la emotiva manera de retratar el Perú, desde la artística contemplación literaria hasta la estricta percepción científica social, que defendió hasta el último instante de su vida, el mayor aporte que este sencillo hombre provinciano hizo a un país tan entreverado y heterogéneo, tan desangrado y humillado, tan rico y opulento, tan diverso y hermoso, tan sufrido, tan amado.

Sin embargo, así como fue querido y respetado, Arguedas sufrió el artero ataque de quienes no comprendieron, o no quisieron hacerlo, el fondo de su obra literaria y propuesta cultural, lo que terminó sumiéndolo en la depresión, la que ya era parte de su vida íntima desde que, de niño, tuvo que huir de la casa para refugiarse en una alejada hacienda andina para recibir amor. Su vida personal, esa historia interna que lo atormentaba, que fue inseparable de su expresión artística y científica, también tuvo que salir a flote durante su matrimonio, su desempeño como funcionario público, como docente escolar y universitario, como escritor y como amigo, para terminar de carcomer su espíritu que, como él mismo dijo, sobrevivía solo por amor al Perú.

Pero tal parece que hemos ido leyendo la obra de Arguedas y comprendiendo, de alguna manera, la forma cómo él vio el Perú, y no hemos hecho lo que nos ha ido proponiendo en cada una de sus páginas, ver el Perú. Seguimos estudiando, y por supuesto disfrutando la obra de Arguedas, pero no hemos hecho la tarea de percibir al país desde aquellos lados oscuros con los que se manifiesta, sus canciones, danzas, costumbres, ritos y formas de convivencia que son, finalmente, los aspectos en los que se reconoce el espíritu de un país, una nación.

Al decir “lados oscuros” me refiero a que, a pesar de que conocemos y hemos visto muchas manifestaciones culturales, tanto de las grandes ciudades o de las pequeñas comunidades, aún no las hemos hecho nuestras, siguen siendo vistas como “alejadas” o del “interior”, o de las “provincias”, como si se trataran de sucesos de un espacio, un mundo, una cultura ajena a la nuestra. No hay un interés subliminal o subjetivo de presentar los otros rostros del Perú, como dicen los modernos detractores de Arguedas, sino de recordar que el encargo intelectual del autor de “Todas las sangres” fue hacer que aquellos pueblos olvidados y marginados, con todo y su cultura, su pobreza y su historia, puedan sobreponerse a su estado de degradados y continuar su vida al compás de un progreso que no se traduce en riqueza monetaria, sino en calidad de vida.

Difícil de comprender para algunos intelectuales, que no han ido más allá de las páginas de “Los ríos profundos” o “Agua” para encontrarse con un Perú más rico aún, más allá de las montañas y entre los cálidos valles andinos, donde habitan, cantan y bailan y siembran la tierra y saludan a sus dioses y se adornan los sombreros con flores y que esperan tener su oportunidad para ser, también peruanos. Errónea la forma de pensar aquella que dice que ver el Perú desde adentro es no avanzar. “Avanzar” ¿cómo? ¿hacia dónde? Errónea la forma aquella de decir, como muchos “costeños” o “urbanos” impostados que escuchar huayñitos es atraer la pobreza.

La obra de José María Arguedas es un moderno y emotivo fresco de la realidad peruana del siglo veinte, desde donde se puede ver el pasado y proponer el futuro, como lo han hecho los antiguos peruanos en su visión circular del mundo. En “Agua” (1935), en que reúne sus tres primeros cuentos, se manifiesta el conflicto social y cultural en una comunidad andina desde los ojos de un niño; éste se ubica en medio de los “blancos” y los “indios”, abusivos y prepotentes aquellos, y sufridos pero solidarios los últimos; pero sobre todo aparece, como protagonista de la literatura peruana, la cultura andina vista como un espacio en que los hombres viven con los mismos sentimientos y experiencias que en cualquier otra comunidad, costeña, urbana o “moderna”. Este es el primer aporte de Arguedas a la literatura peruana, pasar del indigenismo al indianismo y de ahí al cholismo. Ese niño de los cuentos de “Agua” no es un indio, tampoco un misti, es un cholo.

Luego vendría la novela “Yawar fiesta” (1941), en la que, desde el punto de vista de pobladores mayores de una comunidad, que tienen la cualidad de analizar su propio contexto, se refleja la realidad y los conflictos culturales en los que se desenvuelven las comunidades andinas, las que aún se expresan a través de sus antiguas manifestaciones a pesar de que ya están imbuidas en el ritmo y proceso impuesto por las culturas foráneas.

En “Los ríos profundos” (1958), su obra estilísticamente superior artística y literariamente, Arguedas propone, desde una perspectiva más madura, el conflicto que supone el tránsito de una cultura a otra de un personaje que a la vez transita de la niñez a la adolescencia. Es además una metáfora del tránsito cultural de los pueblos andinos, un proceso de siglos que ha terminado por convertirlos en espacios sociales ambiguos, intermedios, con profundos elementos y manifestaciones ancestrales y a la vez con extraordinarias asimilaciones de la modernidad. Esto es ser cholo. En esta novela, es protagonista también el lenguaje, que en voz de su protagonista, muestra el conflicto del autor por querer expresarse en quechua y castellano, lo que marcará luego una de sus frustraciones: el no poder hacerlo.

En 1961 publica “El Sexto”, novela también autobiográfica ambientada en una de las prisiones más lúgubres de Lima, en la que fue recluido Arguedas por asuntos políticos. Nuevamente aparece el conflicto, el enfrentamiento de clases y grupos sociales, ilustrados a través de la lucha entre el bien y el mal, la violencia y la solidaridad. Es la primera obra literaria de ambientación urbana, o limeña, y la primera en la que Arguedas se expresa totalmente en castellano, sin que esto lo aleje de su punto de vista andino, o provinciano.

Será con la novela “Todas las sangres” (1964) con la que intentará Arguedas concentrar, presentar y entender el mundo andino en toda su dimensión, pero sobre todo intentará que el lector, al que supone leal y solidario, sea quien entienda y asuma ese mundo como propio. Arguedas intenta hacer entender que el país está conformado por todas las razas y culturas y que sus habitantes, herederos de esas razas y culturas, son parte de ese país, por lo tanto se comprenda y asuma esa identidad, unidad y espíritu, como necesarios para concretar una convivencia armoniosa y pacífica. Pero “los analistas, sociólogos y críticos” no lo entienden, por lo tanto los lectores tampoco lo hacen. El mundo de “todas las sangres” seguirá siendo ajeno, un invento, una ficción, una historia que no expresa la realidad.

José María Arguedas escribió más cuentos y recuperó y tradujo leyendas y mitos, también hizo poesía, excelente poesía, publicó sus estudios antropológicos, impulsó la investigación desde sus cargos de director de museos, estimuló la educación en los pueblos andinos, transmitió sus propuestas a través de la docencia universitaria, debatió con escritores e intelectuales de otros países, defendió el arte como punto de partida de la expresión literaria sin dejar de lado la perspectiva personal o autobiográfica, alentó a los jóvenes a estudiar y escribir sin miedo, protegió las ancestrales manifestaciones culturales, pero sobre todo buscó que se trabaje por las comunidades postergadas de todo el país.

Mientras lo atormentaba la idea del suicidio, para escapar de sus problemas familiares y deshacerse de los demonios interiores, desprenderse de sus frustraciones como intelectual y artista, recibió premios y homenajes, fue jurado de premios literarios como el de Casa de las Américas y escribió entre insomnios, pastillas y viajes la novela “El zorro de arriba y el zorro de abajo”, nueva mirada urbana de la condición humana a través de su experiencia como escritor, investigador y profesor. La novela se publicó en 1971.
Dos años antes, los últimos días de noviembre de 1969, José María Arguedas escribió las últimas notas de su diario y algunas cartas a sus amigos. Era el fin. Agradeció a quienes lo acogieron, quisieron y comprendieron; dio recomendaciones a amigos y alumnos, reflexionó sobre su vida y obra, y dispuso los asuntos finales sobre su sepelio; luego cogió un arma, se encerró en un baño de la Universidad La Molina y mirándose al espejo se disparó en la cabeza. La bala, caprichosa como los dos anteriores intentos de suicidio, y casi como toda su vida, le hizo una mala jugada y le hizo sufrir aún más. Tras cuatro días de agonía murió el 2 de diciembre.

Es decir, se murió pero no. Arguedas se ha mantenido más vivo que nunca. Cuando se habla del mejor escritor peruano del siglo veinte se habla de Vallejo y Arguedas, algunos más premiados y conocidos se molestan, pero así no más es. Arguedas es querido y leído, estudiado y citado, aún no comprendido del todo, es cierto, pero sigue siendo el maestro, el amauta, el apu, el artista peruano por excelencia.