domingo, 25 de marzo de 2012

ZENOBIO DAGHA, El maestro mayor de la música huanca

Por César Lévano

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Hace 40 años, de regreso de una larga residencia en Europa, Doris Gibson me telefoneó para invitarme a volver a Caretas. Puse una condición: que mi primera misión fuera entrevistar a Zenobio Dagha, el compositor de mil huaynos, huaylarsh, santiagos y mulizas. Sus canciones me habían emocionado, parece cuento, cuando estaba preso en el Panóptico, allá por 1953 / 1954, en las voces de las hermanas Zevallos, unas chiquillas huancas a quienes ni soñaba conocer. Doris Gibson asintió, por supuesto. Así nació el siguiente texto.
Hace seis años, una folclorista murió de música en el Coliseo Nacional de Lima. Luzmila y Bernardina Salas, dúo Las Alondras, habían cantado el hermoso huayno “Sola, siempre sola”. El público coreó: “¡otro!”. Las hermanas interpretaron entonces, con toda pasión, el “Huaylarsh 60″. Después, cuando sonaban otra vez los aplausos, el corazón de Luzmila cesó de latir, vencido por la fatiga de la danza y la canción. Sus dos cantos finales habían sido composiciones de Zenobio Dagha.
El episodio ilustra la fuerza y la popularidad de la música de Dagha, el hombre que sacó el huaylarsh de las comunidades del Mantaro, lo metió a la fuerza en las fiestas de Huancayo y lo ha hecho admirar por todo el Perú.
La popularidad del personaje queda reafirmada por las doscientas grabaciones de sus ­obras que han hecho Iempsa, Sonoradio y Smith. Estas disqueras le pagaron el año pasado cuarenta mil soles de regalías. Esto quiere decir que sus canciones se vendieron en ochenta mil faces de discos de 45 r.p.m. Salvo error u omisión.
En casi todas las emisoras radiales de Lima o Cusco; en los altavoces del mercado central de La Victoria o Jauja; por todas las calles o plazas del Perú, en la costa o en el Ande, durante todo el día, se escuchan las composiciones de Dagha. Sus intérpretes favoritas y más antiguas son las hermanas Zevallos. Otros notables son El Picaflor de los Andes y Flor Pucarina (Leonor Chávez).
Fuimos hace algunos días hasta el valle del Mantaro exclusivamente para entrevistar al creador de “Aires de Huancayo”; “Lamento huanca” (“Vengo de lejos / traigo flores entre mis brazos…”), “Vaso de cristal”; “Casarme quiero” (“Traiga tus papeles, cholita….”); “Atún Xauxa”; “Corazón huanca”; “Noches de Santiago”, etc.
Buscamos a Zenobio durante dos días íntegros y sólo lo encontramos gracias a la intuición campesina y experiencia bohemia de Néstor Chávez, otro notable de la música huanca, director del cuarteto Los Huancas. Dagha había partido a Lima sin que lo supieran ni en su casa. En esto y en otras cosas, él es un huanca típico. Es decir, orgulloso y hasta altanero, osado, sin excesivas nostalgias y sin complejos, enamorado hasta las raíces de su valle hermoso, que nunca ha abandonado y al que canta con tanta insistencia como un charro a su paisaje y su gente.
El saxo llega al Mantaro
El secreto de Dagha está en su fuerza mestiza, con dominante india. Viene también de un ancestro que nunca llegó a ser ­avasallado por los incas, que resistió a los españoles (hubo guerrillas en la zona huanca durante la Emancipación) y los chilenos (un baile, el de los ­”avelinos”, recuerda la lucha de los montoneros contra el invasor). Surge también del hecho de que por allí las comunidades se opusieron con mayor ­éxito que en otras partes al talón de hierro feudal.
Todo ese complejo se trasunta en este personaje recio como sus huaylarsh, que sabe componer mulizas de varonil ternura, o entregar el mensaje panteísta, genésico y primario de los santiagos, canto a la fecundidad de la tierra.
Conocer la vida de un músico es como llegar a la fuente de un río. Zenobio, personero de la comunidad de Chupuro, agricultor practicante y músico de éxito, con tres automóviles propios, nos contó un episodio que explica muchas cosas.
Ocurrió en Chupuro, en 1928. Él tenía ocho años de ­edad. Dos señores, hijos de gran hacendado, llegan hasta su casa. “¡Cholo, danos algo de tomar”, dicen al padre de Zenobio. La madre alcanza un poco de chicha. “¡Cómo se les ­ocurre darnos esta cochinada!”. Arrojan la chicha al suelo. Profieren palabras nunca ­oídas antes, que hieren la dulzura del hogar y del paisaje. El pequeño Zenobio, que presencia la escena mientras cuida un cerdo, se echa a llorar. En esto escucha el sonar de un clarinete. Un canto de gozo. Es el hermano mayor que viene por el camino. Va a su encuentro y le refiere todo. El hermano llega hasta donde “los niños”. Les pregunta qué quieren. Se repiten ofrecimiento de chicha y rechazo grosero. Entonces arre­mete contra los ofensores. Al final, los arroja por pendiente empinada.
“De alegría me puse a bailar con mi chancho”. “Pensé que algún día sería grande como mi hermano. Por eso desde chiquito quería ser algo. Hacer respetar a los míos”. Ese mismo ­año, Zenobio Dagha aprendió a tocar violín.
De muchacho formó parte de conjuntos y orquestas pueblerinos. Compuso rancheras, conforme a la moda. No sabía aún, como sabe ahora, transcribir la inspiración en partituras y hasta particellas para cada instrumento. No sabía nada de teoría musical hasta que encontró un maestro, el músico popular don Buenaventura López, quien le dio unas cuantas lecciones. A la semana, el muchacho pintaba con soltura barras de repetición. Al mes, daba clases a los ­alumnos adultos.
En 1940-42, Zenobio formó parte de Los Aborrecidos, famo­sos en toda la sierra central, dirigidos por Pablo Pastor Díaz, “el rey de la muliza”. Pastor ­Díaz, 65 años, vive en Huancayo y enseña música en el Colegio Nacional de Jauja. Verdadero pionero de la música huanca y dueño de sólida formación musical, vive soñando con, y reclama, que se funde un Conservatorio de Música en Huancayo, especializado en folclore. Algún día su utopía será realidad. Por ahora recuerda con nostalgia los días en que la orquesta huanca no utilizaba aún el saxo (hoy emplea hasta tres) y en que la voz del arpa y del violín ritmaba con nitidez las claras voces del amor en la muliza. Los entendidos pueden discutir si ­ahora es mejor que antes. Tampoco los historiadores del jazz de Nueva Orleáns están de ­acuerdo en todos los puntos. Lo que está claro es que el saxo se incorporó al folclore del Mantaro allá por 1932.
¡Cosas de chuto!
Dagha recuerda cómo se animó en Huancayo a tocar un huaylarsh en una fiesta de familia para la que habían sido contratados Los Aborrecidos. Todos, hasta sus compañeros musicales, se escandalizaron. El huaylarsh era en esa época exclusividad de las comunidades “indias” como las de Pilcomayo, Huayucachi y Chupuro, que rodean a la capital huanca. Las pandillas a lo más llegaban al barrio huancaíno de Chilca.
Alguien, de cuyo nombre no quiere acordarse, le dijo: “¡Cómo te atreves a tocar estas cosas de chutos!”. Una muliza o un huayno podían comparecer en hogar respetable. Las buenas familias salían incluso a bailar muliza por las calles. Pero un huaylarsh…. La bofetada física todavía arde en la mejilla de Zenobio.
Lloró; pero el proceso había comenzado. “En la orquesta de Los Aborrecidos yo ya estaba metiendo mi música sin que ­ellos se dieran cuenta”.
Se mezclaban el instinto y ­unos lejanos relámpagos de con ciencia. Su madre, que, al igual que su padre, casi no hablaban sino huanca, es decir, la variedad huanca del quechua, le había dicho: “¿por qué no tocas en tu violín lo de nosotros?”.
“Ella era india, de la tribu de los yauca. Mi padre era descendiente de españoles, de los Dagha del Castillo. Mi padre sólo firmaba Daga. Había suprimido el “del Castillo”. En cambio, yo le agregué una hache a Daga. Es más bonito”.
Zenobio no es, sin duda, un gramático; pero sabe lo que quiere decir y no tolera que le cambien sus letras. Alguien le dijo que había una contradicción en “Vaso de cristal”. “Noche de luna era aquella tarde”.
“¡No seas bruto!”, respondió Dagha. “¿No has visto que a veces la luna sale de tarde? ­Eso también es una noche de luna”.
En 1950, Dagha y su orquesta Juventud Huancaína ganaron el derecho a representar a Huancayo en la Feria de Octubre. Esa vez debutó como compositor, con “Mi tierra huanca”. En 1952, en Feria Regional del Centro, el huaylarsh apareció y se consagró en público. “Yo pensaba día y noche en la coreografía, en el ritmo, en la melodía. Recordaba los huaylarsh de mi pueblo, imitaba los gestos de la recolección de la papa. Con huaylarsh, mi orquesta triunfó en la competencia frente a músicos de Abancay, Ayacucho y Huancavelica. Fuimos a Lima. Allá llevamos el huaylarsh”.
Corre a nuestras espaldas, ancho y apacible, el río Mantaro. Los cerros altos, de curva suave, vestidos de grana y de verde; las retamas de amarillo violento; los tunales verdes jade; las nubes impolutas, ríen bajo el cristal azul. “Tengo recuerdos ­amargos de esos días, en el Coliseo Bolívar”, dice Zenobio. Se refiere al local que creó en Lima el ahora finado don Enrique Varé, empresario que bien puede figurar en los anales de la siquiatría social, porque sin coliseos la neurosis de ausencia hubiera vencido a muchos andinos migrados a Lima. Por ­aquellos años los serranos casi no iban a los coliseos. Y los limeños y los alimeñados no sintonizaban la voz de la altura. “Nos tiraban piedras”.
Lo prehispánico más puro
Marcelo Piccione es notable poeta joven argentino. Descendiente de europeos, hijo de siquiatra eminente y acaudalado, crecido en el hervor de Buenos Aires, pudiera parecer lo más alejado de nuestro folclore. Una noche de hace cinco años, en mi casa de Lima, nos pusimos a escuchar grabaciones de Zenobio Dagha. Luego del santiago “Waylla ichu” estalló en sollozos. Esa música pánica, en que junto a las voces de las hermanas Zevallos suena la voz oscura de ese mulato huanca que fue el “Zorzal Negro”, lo habían quebrado.
Explicable, muy explicable. El Perú tiene el raro privilegio de poseer un folclore muy rico y viviente. No creo que haya sino dos o tres países que le ­igualen. Quizás el ruso, el español. El tronco indio, las ramas de España y de África, han crecido en el suelo musical peruano. Grande y variada fue nuestra música autóctona. Durante la Colonia, como lo ha dejado bien establecido el argentino Carlos Vega, el Perú fue crisol de mestizamiento musical y centro de irradiación para toda la América del Sur. Toda la América meridional está poblada de hijos mestizados de nuestra lira. Baste mencionar dos vástagos ilustres: la cueca chilena y la vidalita argentina.
Ahora bien, el santiago es género excepcional dentro de nuestro excepcional repertorio folclórico. La folcloróloga y musicóloga argentina Ana S. Cabrera (“Rutas de América”, Buenos Aires, 1941) describió piezas de sólo tres notas que encontró cerca de Jauja. Puso una de ellas sobre el pentagrama. En el piano, son como un santiago en germen. En párrafo consagrado a ejemplos similares hallados en el norte argentino, escribió: “esta manifestación artística argentina puede ser una supervivencia, o guardar estrecha relación con el arte wanka”.
Rodolfo Holzmann, insigne músico alemán nacionalizado peruano, que, junto con otros, debería ser encargado de la transcripción y el análisis musical de nuestro tesoro folclórico, ha escrito recientemente en un estudio enjundioso (revista San Marcos) que el santiago “es probablemente el género que más puro se ha conservado de todas las supervivencias de la música prehispánica”.
Tenía razón el poeta argentino Piccione de llorar como un huérfano. En los santiagos, huaylarsh, huaynos y mulizas de Zenobio Dagha Sapayco; en sus solos de violín; en los vientos de su orquesta, están no sólo el huaylarsh actual de dolor, esfuerzo y orgullo del pueblo huanca. Está también todo el proceso de mestizaje que nos constituye y constituimos. Está el nuevo indio que, por encima de los miopes y los dogmáticos, intuyera José Uriel García; es decir, el nuevo Perú. Si Zenobio Dagha triunfa a pesar de la ola de extranjerismo sin discriminación y casi siempre sin gusto es porque en sus canciones viriles apunta el sonido del futuro.
* Publicado en Caretas, Nº 373, mayo 24-junio 6, de 1968, reproducido en el diario La Primera en noviembre de 2008